México dio este domingo comienzo a la carrera presidencial de 2018. Los comicios a 12 gubernaturas pusieron en evidencia los complejos equilibrios que van a determinar la lucha política en los próximos dos años. El PRI, erosionado por el hartazgo frente a la corrupción y la inseguridad, vio menguar su hegemonía territorial y perdió, siempre según los primeros conteos, tres de sus principales plazas fuertes (Veracruz, Tamaulipas, Quintana Roo) a manos de la gran sorpresa de la noche, el derechista PAN, que tras el batacazo de 2012 ha renacido de sus cenizas. Al otro lado de la cancha se situó el izquierdista Andrés Manuel López Obrador, cuyo notable ascenso, a costa del PRD, quedó a medio camino al no conseguir hacerse con ninguna gubernatura. En este horizonte fragmentado, sin un vencedor absoluto, la pugna para llegar a la jefatura del Estado se vislumbra larga y encarnizada.

 

Vistas al microscopio, las elecciones del domingo reflejaron una enorme disparidad entre estados. Pero en este mosaico, pese a la provisionalidad de los resultados y las eventuales impugnaciones, emergieron las tendencias que marcarán la futura contienda. La primera y más clara son las profundas fisuras mostradas por el PRI.

La fuerza política que durante décadas dominó México partía con 9 de las 12 gubernaturas en juego. Cinco de ellas, además, jamás habían conocido otro color político. La defensa de este legado era difícil. El presidente Enrique Peña Nieto atraviesa horas bajas y la economía nacional no despega. En las encuestas, los ciudadanos, hartos de la corrupción y la inseguridad, muestran un fuerte rechazo a la política tradicional. Estos factores, llevados al campo local, auguraban una abultada derrota. Para evitarlo el presidente del PRI, Manlio Fabio Beltrones, combinó una estrategia basada tanto en la recuperación de territorios como en explotar el suelo rocoso en los estados fieles.

El balance fue desigual. Arrebató a la oposición Sinaloa y Zacatecas, pero perdió, siempre según los primeros conteos, Tamaulipas, Quintana y Veracruz, tres estados que siempre habían pertenecido al PRI. La caída de Veracruz, el tercer territorio más poblado de México y donde el gobernador saliente se hundió en una desastrosa gestión, supone un varapalo para Beltrones, un político magmático al que se considera el actual guardián de las esencias priístas y del que se especulaba que, tras estas elecciones, podía saltar a la arena de los aspirantes a suceder a Peña Nieto.

Bien distinta resultó la noche para Andrés Manuel López Obrador. El que fuera dos veces candidato presidencial con el PRD ya ha proclamado a los cuatro vientos su intención de contender a la presidencia. Para ello ha dispuesto de un vehículo electoral hecho a su imagen y semejanza, el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena). Los resultados del año pasado, en su estreno, fueron débiles. Apenas alcanzó el 8% del voto a la Cámara de Diputados. Pero desde entonces la inagotable actividad de López Obrador, en campaña permanente, le han abierto espacio entre los descontentos. Su reto este domingo consistía no sólo en superar al PRD sino mostrar que puede ampliar su radio de influencia más allá de la osamenta de su antiguo partido. Los datos le dejan a medio camino, aunque en ruta de ascenso.

En la Ciudad de México, el segundo estado más poblado de México y el gran caladero de la izquierda, venció con claridad (36%, según el primer conteo rápido) en las elecciones a la Asamblea Constituyente, pero no tan lejos del PRD (31%) como se esperaba. También en algunos territorios tan cruciales como Veracruz, donde carecía de infraestructura, disputaba anoche la segunda palza, algo impensable hace un año. Pero todos estos votos, que indican un crecimiento vigoroso, no se tradujeron en poder real. Morena no gana ninguna gubernatura y, aunque vence en la gran capital, sigue necesitando más carburante para su itinerario nacional.

El PRD, su antigua formación, tiene una digestión aún más difícil de los comicios. En los dos últimos años su trayectoria ha sido declinante. La crisis de Iguala, la salida de su líder histórico, Cuauhtémoc Cárdenas, y el descalabro de 2015 la han puesto contra las cuerdas. En esta cuesta abajo, sin candidatos fuertes, cada paso que ha dado se ha topado con la sombra de López Obrador. Los resultados del domingo no han paliado esta situación. Perdió Oaxaca, una de los grandes estados en liza, y retrocedió en la capital. Dos golpes que seguramente alimentarán el debate sobre una posible alianza con López Obrador para las elecciones presidenciales.

Mucho más sorprendente fue el PAN. Aunque las encuestas lo dejaban en un puesto secundario, dio el gran golpe al ganarle al PRI tres plazas fuertes: Tamaulipas, Quintana Roo y la crucial Veracruz. Un avance que revela que el partido que sufrió una humillante derrota en las presidenciales de 2012 todavía es un actor clave en el escenario nacional. Y un enemigo claro para el PRI. La batalla no ha hecho más que empezar.

 

Fuente: El Pais - Jan Martínez Ahrens