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Categoría: Religión
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Este primer día de la Semana Santa tiene en los elementos que lo componen una doble tradición. Por una parte, aquella de la Iglesia de Jerusalén que en la tardecita del domingo que antecedía la Pascua revivía in loco la entrada mesiánica de Jesús en la Ciudad Santa. Esta procesión no estaba ligada a la misa que ya había sido celebrada en la mañana, sino que concluía con un lucernario en la Basílica de la Resurrección. Con el pasar de los años, a causa de los peregrinos, esta celebración empezó a ser imitada también en Occidente.

La otra tradición era aquella de la Iglesia de Roma que celebraba en este domingo la Pasión del Señor. Es el único domingo en el año que se proclama el largo evangelio de la Pasión, y es leído por tres personas diferentes, dando así aún más dramaticidad al texto. Por muchos siglos, la iglesia de Roma no conoció una procesión con Ramos. Fue necesario esperar hasta el siglo XI, para que se hiciera costumbre tener una procesión de ramos en este domingo en Roma.

Es por eso que la celebración de este domingo tiene estos dos centros: la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén y su Pasión. La proximidad de estos dos relatos nos pone delante de una intrigante contradicción: un día aclamado y ovacionado y unos días después despreciado y condenado a la muerte.

Este es un día oportuno para que cada uno revea su relación con Jesucristo. Tal vez también nosotros hagamos lo mismo: en algún momento lo exaltamos y nos enorgullecemos por nuestra identidad cristiana, pero cambiando la situación lo traicionamos, lo vendemos, lo negamos o lo despreciamos, haciendo pactos con la maldad, con la corrupción, y olvidándonos completamente de nuestro ser de discípulos.